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Antropología Contrainsurgente
Gilberto López y Rivas.
El 5 de octubre de este año, el New York Times publicó un artículo de
David Rohde ("El Ejército enlista a la antropología en zonas de
Guerra"), sobre la considerada por los militares estadunidenses como
"nueva arma crucial en las operaciones contrainsurgentes": un equipo
integrado por antropólogos y otros científicos sociales para su
utilización permanente en unidades de combate de las tropas de
ocupación de Estados Unidos en Afganistán e Irak.
El corresponsal informa que este singular involucramiento de las
ciencias sociales en el esfuerzo bélico estadunidense constituye un
exitoso programa experimental del Pentágono que, iniciado en febrero
de este año, ha sido tan recomendado por los comandantes en el teatro
de la guerra que en septiembre pasado el secretario de Defensa, Robert
M. Gates, autorizó una partida adicional de 40 millones de dólares
para asignar equipos similares a cada una de las 26 brigadas de
combate en los dos países mencionados. En el mismo artículo se
destacan las reacciones críticas de un sector importante de la
academia estadunidense que no duda en considerar el programa como
"antropología mercenaria" y "prostitución de la disciplina",
comparándolo con lo ocurrido en la década de los 70, cuando se
utilizaron antropólogos en campañas contrainsurgentes en Vietnam y
América Latina (Plan Camelot).
Ya en su sesión anual, en noviembre del año pasado y con la presencia
de cientos de sus integrantes, la American Anthropological Association
condenó por unanimidad "el uso del conocimiento antropológico como
elemento de tortura física y sicológica", ante el alegato de que los
torturadores de la prisión Abu Ghraib, en Irak, pudieron ser
inspirados por la obra de un antropólogo, a partir de la idea de que
"hombres árabes humillados sexualmente podrían llegar a ser
informantes comedidos" (Matthew B. Standard. Montgomery McFate'Mission.
Can one anthropologist possibly steer the course in Iraq? San
Francisco Chronicle, April 29, 2007).
En julio de este mismo año, el antropólogo Roberto J. González
escribió un excelente artículo ("¿Hacia una antropología mercenaria?
El nuevo manual de contrainsurgencia del Ejército de Estados Unidos
FM- 3-24 y el complejo militar-antropológico". Anthropology Today,
Vol. 23, No. 3, June 2007) en el que detalla críticamente las
contribuciones de antropólogos en la elaboración de dicho manual.
González demuestra, incluso, que algunas de estas "contribuciones" no
son innovadoras desde el punto de vista de la teoría antropológica y
más bien parecen "un libro de texto introductorio de antropología
simplificado -aunque con pocos ejemplos y sin ilustraciones."
La antropología mercenaria estadunidense se caracteriza por la
beligerancia y el cinismo con que justifica la estrecha colaboración
entre antropólogos y militares en guerras imperialistas y violatorias
de los más elementales derechos humanos y los principios fundacionales
de la Organización de Naciones Unidas.
Una de sus más aguerridas defensoras y autoras intelectuales es la
antropóloga estadunidense Montgomery Macfate, quien se impuso la tarea
de "educar" a los militares y cuya misión en los últimos cinco años ha
sido convencer a los estrategas de la contrainsurgencia de que la
"antropología puede ser un arma más efectiva que la artillería".
Macfate ignora y le exasperan las críticas de sus colegas en la
academia, a quienes considera encerrados en una torre de marfil y más
"interesados en elaborar resoluciones que en encontrar soluciones".
Ella es ahora la "comisaría política" de los militares, una de las
autoras del citado manual de contrainsurgencia, creadora del programa
Sistema Operativo de Investigación Humana en el Terreno, iniciado por
el Pentágono, y consejera de la Oficina del Secretario de Defensa.
Todo un éxito del American way of life.
En realidad, la participación de antropólogos en misiones coloniales e
imperialistas es tan antigua como la propia antropología, la cual se
establece como ciencia estrechamente ligada al colonialismo y a los
esfuerzos por imponer en el ámbito mundial las relaciones de
dominación y explotación capitalistas. Un clásico sobre el tema es el
libro de Gerard Leclercq, Anthropologie et colonialisme (Paris:
Librairie Artheme Fayard, 1972) que en su introducción asienta: "El
nacimiento común del imperialismo colonial contemporáneo y de la
antropología igualmente contemporánea puede situarse en la segunda
mitad del siglo XIX. Trataremos de poner en evidencia la relación de
la ideología imperialista, de la que la antropología no es sino uno de
sus elementos, con la ideología colonial, y las razones por las cuales
una investigación 'sobre el terreno' se hacía necesaria y posible por
la colonización de tipo imperialista" (p. 15).
Hay que recordar en México el papel protagónico que jugaron los
antropólogos en la elaboración de las políticas indigenistas desde el
momento en que Manuel Gamio -padre fundador de la disciplina en este
país- definió a la antropología como "la ciencia del buen gobierno",
iniciándose un maridaje entre antropólogos y el Estado mexicano que
fue roto en parte cuando el movimiento estudiantil-popular de 1968
creó las condiciones para que las corrientes críticas se manifestaran
y denunciarán el papel de complicidad de la antropología mexicana
posrevolucionaria en el afianzamiento del colonialismo interno que
rompió la rebelión zapatista.
El grotesco maquillaje cultural de la antropología contrainsurgente no
cambia la naturaleza brutal de la ocupación imperialista ni ganará la
mente y los corazones de la resistencia y de los millones de
estadunidenses que se manifiestan de manera creciente contra la guerra.
"Nosotros somos parte del pueblo, parte de la masa. Somos hambre, llanto, dientes apretados. Somos furia, bronca, odio contenido. Somos palo, gomera, pañuelo ennegrecido. Somos marginados, expulsados, desocupados. Somos pobres, malvestidos, antiestéticos, feos. Somos verbo mal conjugado, graffiti inexacto desde la gramática. Tenemos olor a pobre, venimos de lejos, estamos cansados. Somos lo que sobra del sistema, los efectos colaterales, lo que nadie quiere ver.."
La Jornada, nov 7-07 - Gilberto López y Rivas.